Imagina que Tienes que prender una hoguera en mitad de la montaña porque tu hija de 6 años se está congelando.
No tienes leña, no tienes ramas, no tienes nada.
Lo único que tienes son ,000 dólares en efectivo metidos dentro de bolsas y entonces decides quemarlos uno a uno.
Mientras las llamas devoran lo que para cualquier familia sería el sueño de varias generaciones, tú solo piensas en que la niña deje de tiritar.
Esto no es una película.
Esto pasó y la persona que lo hizo tenía tanto dinero que perdía 00 millones de dólares al año solo porque las ratas se comían los billetes que enterraba.
En este vídeo vas a descubrir cómo los hombres más ricos del crimen organizado de la historia gastaron, escondieron, derrocharon y perdieron las fortunas más obscenas que ha visto el planeta.
Quédate hasta el final porque hay un capo que llegó a un nivel de excentricidad que ni siquiera Hollywood se ha atrevido a recrear todavía.
Empecemos por el principio porque para entender el delirio hay que entender de qué cantidad de dinero estamos hablando.
Pablo Escobar en su mejor momento ingresaba 420 millones de dólares a la semana.
A la semana, no al mes, su organización movía aproximadamente 15 toneladas de polvo blanco al día y eso le generaba un flujo de caja tan absurdo que la revista Forbes lo metió 7 años seguidos en la lista de los hombres más ricos del mundo.
Estamos hablando de una fortuna estimada que oscilaba, según las fuentes, entre los 3,000 y los 30,000 millones dólares.

Pero aquí viene la parte que casi nadie te cuenta.
Y es que tener tanto dinero contra todo pronóstico se convertía en un problema logístico monumental.
Su propio hermano, Roberto Escobar, lo confesó en un libro que se publicó después.
Cada año asumían como pérdida natural alrededor de 2,100 millones de dólares.
¿Por qué? Porque enterraban el efectivo en caletas, en paredes falsas, debajo de baldosas, en sótanos secretos repartidos por toda Antioquia.
Y la humedad pudría los billetes.
Las ratas se los comían, los olvidaban, se les perdían los mapas.
Roberto llegó a establecer una política interna.
16 millones de dólares cada mes, mínimo, era el coste asumido de ratas y humedad.
Algunos cálculos lo elevan a 42 millones mensuales solo por roedores.
Para mantener la operación gastaban más de $2,500 al mes únicamente en gomas elásticas, solo para sujetar los fajos.
Pero quédate porque lo que hacía con ese dinero cuando sí podía gastarlo es donde la historia se vuelve verdaderamente irreal.
La Hacienda Nápoles fue su obra maestra del derroche, 3000 hectáreas en pleno Magdalena medio colombiano.
Y dentro había cosas que ni un jeque del petróleo se atrevería a poner en su finca.
Su propio hijo, Juan Pablo Escobar, lo describió con detalle quirúrgico años después.
27 lagos artificiales, 100.000 1000 árboles frutales.
La pista de motocross más grande de toda América Latina.
Un parque jurásico con réplicas de dinosaurios a escala real, hechas algunas con huesos auténticos para que los niños pudieran trepar por ellas.
Dos elipuertos, una pista de aterrizaje de 1000 m con su propia gasolinera y un taller mecánico para reparar la flota de aviones y motos.
10 casas distribuidas por el terreno, tres zoológicos diferentes.
Y dentro de esos zoológicos, atención al dato, llegó a tener 100 especies exóticas: jirafas, elefantes, cebras, dromedarios, avestruces, hipopótamos, canguros, loros amazónicos.
17 empleados trabajaban para mantener todo aquello en marcha.
Había un Chevrolet del año 1934 agujereado a balazos a propósito para que pareciera el coche en el que ejecutaron a Bonnie y Clyde.
Escobar admiraba a Alcapone hasta la obsesión.
De hecho, bautizó la finca como Nápoles en homenaje al gangster italoamericano y en la entrada del rancho mandó instalar como monumento la avioneta con la que envió supuestamente su primer cargamento de polvo blanco a Estados Unidos.
Esa avioneta sigue ahí hoy.
Ahora bien, hay algo que necesitas entender.
Todo ese dispendio era apenas la punta del iceberg, porque dentro de casa el delirio no paraba.
Su esposa, Victoria Eugenia Enao, conocida como La Tata, recibía servicios de peluquería, manicura y maquillaje todos los días en su propia residencia.
Pero no solo ella, el servicio doméstico también.
Las empleadas de limpieza tenían uniformes diseñados a medida por modistas profesionales y recibían cursos de automaquillaje.
Cuando la familia se mudó al edificio Mónaco en el barrio El poblado de Medellín, un edificio de ocho pisos comprado entero solo para ellos, Escobar mandaba traer flores frescas en su jet privado desde Bogotá cada mañana solo para decorar la entrada.
Y aquí viene el detalle que más impacta a quien lo escucha por primera vez, las fiestas.
Para fin de año, Escobar importaba contenedores enteros de fuegos artificiales desde China.
Cada contenedor costaba $50,000 de la época y compraba dos.
Una mitad la quemaba con su familia y amigos, la otra mitad la repartía entre sus hombres.
Su hijo cuenta que muchos años sobraban tantos que ni siquiera llegaban a abrirlos.
Las fiestas temáticas eran las preferidas de la tata.
¿Cómo organizaba los disfraces? Sencillo.
Mandaba a la casa de cada invitado un sastre o una modista personal con la orden de fabricar a medida el traje correspondiente.
A los invitados solo les tocaba dejarse medir.
En sus cumpleaños, en lugar de recibir regalos, los rifaba.
Pero no rifaba cualquier cosa.
Rifaba óleos originales de Botero, de Dalí, de Picaso, de Velázquez.
Un solo cuadro de aquellos podía costar varios millones.
y a su hijo le regaló cosas que rozan lo insultante.
Cuando el chaval cumplió 9 años, Escobar le entregó un cofre con las cartas de amor originales que Manuelita Saence le había escrito a Simón Bolívar.
Cartas reales de museo.
Con 11 años, Juan Pablo ya tenía 30 motos de alta velocidad, 30 motos de agua, triciclos, cuatrimotos, carts y bugies de las mejores marcas.
Con 13 años recibió un apartamento de soltero con espejos en el techo, bar futurista, suelo de piel de cebra y una silla de Venus.
La primera comunión del niño se celebró con chocolates traídos en jet privado desde Suiza.
Y de regreso el avión hizo escala en París para recoger 20 botellas de Petrus, uno de los vinos más caros del planeta.
Tenía 9 años.
Pero espera, porque lo del dinero quemado en la montaña tienes que escucharlo entero.
Cuando los Pepes y la policía estaban a punto de cazarlo, Escobar huyó con su familia a un escondite en plena sierra.
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Hacía un frío que cortaba.
Su hija, Manuela, pequeña, empezó a hipotermizarse.
No había leña seca, no había mantas.
Y entonces el hombre más rico de Colombia hizo lo único que tenía a mano.
Prendió fuego a millones de dólares en efectivo.
Cuentan los testigos que la pequeña se durmió calentada por aquellas llamas verdes.
Esa imagen, ese padre quemando billetes para salvar a su hija lo resume todo.
Para él dinero literalmente no significaba nada.
Era papel.
tenía tanto que no le cabía en las propiedades.
Y a propósito de propiedades, ¿sabes cuánto pretendía pagar Escobar para que el gobierno colombiano le perdonara la extradición? La deuda externa entera del país, 13,000 millones dó en 1984.
Lo ofreció en serio, por escrito.
La otra opción que se planteaba era simplemente quedarse y citando sus palabras eliminar a todos los que lo persiguieran.
Pero ya hablaremos de eso.
Ahora pasemos al socio que también soñaba a lo grande, pero a quien casi siempre ponen en segundo plano.
Carlos Leder Rivas, el loco, el alemán colombiano que cofundó el cartel de Medellín junto a Escobar y los hermanos Ochoa.
Leder hizo algo que ni siquiera Escobar se atrevió a hacer.
Compró una isla, pero no cualquier isla.
Caio Norman, en las Bahamas, a 112 km de la costa de Florida.
3 km² de paraíso caribeño que adquirió en 1978 por algo más de 3 millones en varias compras escalonadas.
La convirtió en un centro logístico privado del cartel.
Pista de aterrizaje de 1 km y 100 m, radares antidetección, doberman entrenados, guardaespaldas armados las 24 horas.

En sus días de máxima operación, por aquella pista entraban hasta 3000 kg de polvo blanco por hora.
Por hora se estima que el 80% del polvo blanco que inundaba Estados Unidos en los primeros años 80 pasaba por aquel islote.
Pero Leer no usaba la isla solo para trabajar, era su parque de atracciones personal.
Construyó allí un estudio de música profesional porque era fanático absoluto de John Lennon y Ronnie Wood, el guitarrista de los Rolling Stones.
Lo instalaba todo para recibir a estrellas del rock en fiestas privadas.
tenía hasta una bandera colombiana hisada permanentemente y obligaba a cantar el himno.
La isla, cuando finalmente Bahamas la confiscó tras su captura, fue revendida por 41 millones de dólar.
Leer, igual que Escobar, llegó a ofrecer en dos ocasiones pagar la deuda externa de Colombia entera a cambio de que no lo extraditaran.
Hoy el avión que se estrelló intentando aterrizar en Cayo Norman sigue hundido en el fondo del Caribe y se ha convertido en atracción turística para buceadores.
Cuando Ledder fue extraditado en 1987, su fortuna se calculaba entre 8 y 9000 millones dó.
Pero aquí viene lo que no te cuentan habitualmente y es que el patrón colombiano de derroche fue copiado al milímetro por los capos mexicanos cuando heredaron el negocio.
Ahora bien, ellos le añadieron sus propias capas de delirio.
Y la primera estrella de ese capítulo es un hombre que jamás se dejaba fotografiar y que voló más polvo blanco que cualquier ser humano en la historia.
Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los cielos.
Un nombre que se ganó porque mientras todos los demás traficaban en lanchas y avionetas pequeñas, él se compró una flota de Boeing 727, aviones comerciales completos como los que mueven pasajeros en cualquier aeropuerto.
Carrillo modificaba los Boeing para meter toneladas de mercancía ilegal en la bodega y los volaba directamente desde Colombia a México y luego al sur de Estados Unidos.
Solo en 1995, fuentes policiales calculaban que sus operaciones le generaban 200 millones de dólares semanales.
Su fortuna acumulada se estima en 25,000 millones de dólares al momento de su muerte en 1997.
Una cifra que rivaliza con la de Escobar.
Y aquí está el detalle más loco de Amado Carrillo.
En sus últimos años, ya cansado de oír, mandó construir en Hermosillo, Sonora, un palacio, pero no una mansión, un palacio árabe diseñado al estilo de las mil y una noches con cúpulas, mosaicos importados y materiales que solo podían encontrarse en Marruecos y los Emiratos.
Los vecinos la apodaron la casa de los Kissis porque las cúpulas se parecían tanto a los chocolates Hershis Kissis que era imposible no reírse al verla.
Pagó millones de dólares por ella y nunca llegó a vivirla.
Las autoridades incautaron la propiedad antes de que se acabara la construcción.
Quedó allí a medio terminar, oxidándose durante décadas hasta que finalmente fue subastada.
Su otra mansión en Hermosillo, vendida hace poco, llegó a estar valorada en 5 millones de dólares y tenía piscina, jardines extensos y nada menos que cuatro jacuzis.
Pero hay un detalle que pone los pelos de punta.
¿Qué hizo Amado Carrillo con tanto dinero? Al final se lo gastó todo en lo único que el dinero realmente no compra.
intentó comprarse una cara nueva.
Pagó una cirugía estética en el Hospital Santa Mónica de la Ciudad de México para cambiarse el rostro entero, perder peso por liposucción y desaparecer del radar global.
Murió en la mesa de operaciones el 4 de julio de 1997.
Tenía 40 años.
Su cuerpo apareció hinchado, desfigurado, irreconocible.
Hay quienes hasta hoy creen que aquel cadáver no era él, que fingió su muerte, que vive escondido con otra identidad en Sudamérica.
La DEA nunca aportó pruebas concluyentes.
Su fortuna, esos 25,000 millones jamás se recuperó.
Servía mayoritariamente, según los informes, para pagar sobornos masivos a funcionarios y policías de alto rango.
Y ahora pasemos al hombre cuya fortuna oficial supera incluso la de Escobar, según los tribunales estadounidenses.
Joaquín Guzmán lo era, el Chapo.
El gobierno de Estados Unidos calculó durante el juicio en Brooklyn que la fortuna acumulada del Chapo era de 1266,191,704.
una cifra exacta hasta el último centavo.
Y aunque su abogada la calificó de exagerada, el juez Brian Kogan le ordenó devolver 12600 millones como compensación por décadas de trasciego.
Otras fuentes extraídas de los archivos de la Fiscalía Mexicana llegan a cifrarla en 21,600 millones de dólares.
Para que te hagas una idea, esa cantidad lo colocaba en el puesto 33 entre los hombres más ricos del planeta.
al nivel de Michael Dell, fundador de la compañía de informática.
¿Y cómo gastaba el Chapo todo eso? Su expiloto privado, Miguel Ángel Martínez, alias El Tololoche, lo contó delante del jurado.
En los 90, el Chapo tenía cuatro jets privados operando simultáneamente.
Casas en cada playa de México, ranchos en cada estado.
Una sola de sus mansiones, a orillas del mar en Acapulco con muelle privado para su yate llamado Chapito, le costó ,000 en efectivo.
10 m0000 en metálico.
Su rancho principal en Guadalajara tenía piscina, cancha de tenis, un tren para recorrer la propiedad y, atención, un zoológico privado con tigres, leones, panteras y venados.
Además, tenía bodegas con capacidad para esconder hasta 20 millones de dólares en efectivo cada una.
El Chapo viajaba por el mundo entero con su séquito.
Argentina, Brasil, Aruba, Europa, Japón, Hong Kong, Tailandia, Macao para apostar e incluso Suiza para hacerse tratamientos de rejuvenecimiento.
Su piloto cobraba millón de dólares al año, solo el piloto.
En un solo mes, el Chapo llegó a comprar más de 50 automóviles Buck, Thunderbird y Cugarárselos a sus trabajadores.
Cada empleado podía elegir el modelo que quisiera y aquí es donde aparece el objeto más simbólico de toda esta historia.
Una pistola Col calibre 38 monogramada con sus iniciales K GL en el cañón, completamente recubierta en la culata por incrustaciones de diamantes blancos y negros.
Un arma cuya función real tirar era casi accesoria.
Era una joya, una declaración.
Otra de sus pistolas, una Cold 45 modelo Gold Cup, llevaba grabada la frase Billionary Forbes 701 en referencia al puesto que ocupó en la lista de Forbes en 2009.
Su valor estimado era de 4 millones de pesos.
Pero quédate porque hay un detalle del Chapo que casi nadie conoce.
En sus mansiones, cuando las cateaban, las autoridades encontraron botellas de vinos reservados europeos cuyos precios alcanzaban cinco cifras la unidad.
Una camiseta del Barcelona firmada por Ronaldinho y figuras de aquella época, guardada como reliquia personal y lingotes de oro puro almacenados en cantidades industriales.
Porque como bien sabía, el oro no se come, el oro no se moja, el oro no se devalúa con la inflación, era su seguro definitivo.
Hablando de dinero indestructible, ningún narco mexicano clásico simbolizó mejor el lujo descarado que Rafael Caro Quintero, el narco de narcos, cofundador del extinto cártel de Guadalajara junto a Miguel Ángel Félix Gallardo y Ernesto Fonseca Carrillo, Caro Quintero levantó una fortuna calculada al momento de su detención original en 1985 en 500 millones de dólares.
500 millones en 1985, equivale ajustado por inflación a más de 100 millones actuales y los gastó en cosas que solo se le ocurren a alguien con un ego del tamaño de Sinaloa.
En las tres semanas que estuvo huyendo en Costa Rica antes de ser capturado, alquiló las discotecas más exclusivas de San José para fiestas privadas con sus secuaces.
compró cuatro propiedades en zonas residenciales de élite costarricense valoradas en 1,9 millones de dólares de la época.
Una de ellas, la quinta, la California, en Alajuela, le costó $800,000 y tenía 7757 m² con piscina.
Cuando la policía lo capturó, encontraron en aquella casa $00,000 en efectivo, joyas valoradas en un millón y dos automóviles de lujo.
El vuelo privado que lo llevó de México a Costa Rica le costó $10,000, solo el vuelo.
Su séquito incluía siete personas, entre ellas su novia menor de edad, Sara Cosío, sobrina de un exgobnador de Jalisco.
Y aquí está el dato que pocos conocen.
Mientras estuvo prófugo durante los 9 años posteriores a su liberación en 2013, Caro Quintero siguió generando ingresos a través de una red de empresas operadas por familiares y socios, casetas telefónicas, bienes raíces, concesionarias de automóviles, restaurantes, calzado, spaz,
distribución de combustible.
Un imperio paralelo completamente legal en apariencia que servía como fachada para lavar el dinero del trasciego.
Cuenta también una leyenda persistente en México que en sus mejores años habría ofrecido pagar la deuda externa entera de su país a cambio de su libertad.
Él mismo lo desmintió en una entrevista al periodista Jesús Lemus, recogida en el libro Los malditos.
Pero el mito sobrevive porque encarna perfectamente la magnitud absurda de aquella fortuna.
Pero la fascinación por los animales exóticos, esa fue la marca registrada que los narcos mexicanos copiaron directamente del cartel de Medellín.
Saucedo, especialista en seguridad pública mexicana, lo dijo con todas las letras en una entrevista.
Tener un zoológico privado se convirtió en un prerrequisito para pertenecer a la aristocracia del trasciego mayorista.
Sin tigres no eras nadie, sin leones no estabas en la liga.
Y aquí la historia se vuelve siniestra porque no todos los narcos tenían como mascotas.
Eriberto Lascano, el líder fundador de los setas, mantenía cocodrilos y tigres específicamente para una función, devorar enemigos.
Varios rivales del cartel terminaron, según informes de inteligencia dentro del estómago de aquellos animales.
Y eso me lleva a otro nivel de excentricidad, las armas.
En el museo del Enervante de la Secretaría de la Defensa Nacional Mexicana en Ciudad de México se exhiben casi dos decenas de armas de fuego incautadas a capos.
Pistolas con más de 100 diamantes incrustados en la culata.
Armas chapadas en oro de 24 kilates.
Algunas llevan el alias del sicario grabado a buril en el cañón, el matadore, el embajador.
Otras tienen logotipos de Versache fundidos en oro blanco.
El precio aproximado de una de estas piezas oscila entre los 20,000 y los $30,000.
El equivalente, dato curioso, a 2 kg de polvo blanco en la calle.
A esto súmale los relojes.
Los Rolex con incrustaciones de oro y brillantes son moneda corriente.
Cuando catearon a varios miembros del cartel de Sinaloa en España hace pocos años, la Guardia Civil incautó cerca de 30 relojes de alta gama, más de 50 cadenas de oro macizo, monedas de inversión, oro físico y vehículos deportivos cuyo precio individual superaba los 500,000 € por transacción.
Lamborghinis Urus, Rolls-Royce Phantom, Cadilac Escalade, Ferrari, Porsche, Audi RS, Bentley Convertibles, todos blindados.
Pero no podíamos terminar este recorrido sin hablar de los hermanos Beltrán Leiva, una familia de cinco hermanos sinaloenses que durante 20 años gobernaron desde el Pacífico hasta la frontera norte.
Arturo, el Barbas, autoproclamado jefe de jefes, vivió rodeado de un nivel de exhibicionismo que se convirtió en su sentencia.
Mansiones por todo México, Estado de México, Morelos, Ciudad de México y Estados Unidos.
pistas clandestinas privadas escondidas entre la sierra y según los archivos de la DEA, una nómina mensual de sobornos que incluía $50,000 al mes solo para el exar federal mexicano Noé Ramírez Mandujano.
Según el caso documentado en 2005, uno de sus hombres clave en el aparato de seguridad recibía sumas similares.
La organización pagaba más sobornos al mes que el presupuesto anual de algunas alcaldías mexicanas.
Pero lo que verdaderamente caracterizó a los Beltrán Leiva fue la ostentación social.
Sus narcofiestas en Cuernavaca eran legendarias.
Contrataban directamente a Ramón Ayala y sus bravos del norte, a los cadetes de Linares, a grupos de Torrente, a artistas de regional mexicano de máximo nivel.
Algunos de estos músicos fueron detenidos en diciembre de 2009 durante una narcoposada cuando la marina cateó la propiedad y en las investigaciones posteriores de la periodista Anabel Hernández salió a la luz un dato que sacudió a México entero.
Arturo Beltrán Leiva habría mantenido relaciones con figuras del mundo del espectáculo a las que entregaba sumas absurdas.
$200,000 mensuales como nómina personal a una sola conductora de televisión.
Según el testimonio de una expareja del capo recogido en el libro Emma y las otras señoras del narco.
Para que entiendas la magnitud, un sicario raso en su organización ganaba $5,000 al mes.
La conductora cobraba 40 veces más sin disparar un solo tiro.
Y en la categoría de derroche puro, ninguno como Edgar Valdés Villarreal, alias la Barbie.
estadounidense de origen, de ojos claros, este capo del brazo armado de los Beltrán Leiva tenía un protocolo fijo.
Cerraba locales completos en la zona diamante de Acapulco en antros como el Palladium o el clásico del mar, solo para él, sus socios y sus pistoleros.
Pedía cortes de carne argentinos, champa francés, moed chandón por cajas y obligaba a las orquestas a tocar su corrido propio, ese que él mismo había encargado componer.
Pagaba en metálico, salía sin pestañear y al día siguiente se iba a otra ciudad a repetir la operación.
Sus mascarillas faciales contenían placenta de oveja importada.
Su vestuario era de marcas que solo se venden en Milán y París.
Cuando lo capturaron en agosto de 2010, llevaba en su muñeca un Rolex valorado en cerca de $100,000.
Ahora bien, hay un patrón que se repite en absolutamente todos estos casos y que conviene subrayar.
Y es que el dinero del trasciego es un dinero que no se puede gastar legalmente.
No puedes ir a Apple Store y pagar un Vision Pro con un fajo de dólares sin que salten todas las alarmas.
No puedes comprarte un Bugatti registrado a tu nombre.
No puedes meter tu fortuna en un banco.
Por eso, irónicamente, el dinero del crimen organizado se convierte en una bestia incontrolable.
Crece más rápido de lo que sus dueños pueden gastarlo.
Y cuando llegan a un punto crítico, el capo se ve obligado a inventar formas cada vez más excéntricas de quemar capital.
Comprar islas, construir palacios árabes en mitad del desierto, pagar a futbolistas por jugar partidos amistosos privados.
Importar tigres siberianos, levantar narcorranchos con campos de golf privados.
Colocar baños chapados en oro como los que se incautaron al cártel de Caborca.
Pintar las paredes de las casas con fajos de billetes detrás.
llenar las paredes literalmente y eso no es metáfora.
En una casa del cártel de Sinaloa cateada en Ciudad de México en 2018, las autoridades descubrieron un sistema oculto en el que un millón de dólares en efectivo estaba metido en un compartimento secreto entre dos paredes.
Y aquí viene un detalle que me parece especialmente revelador.
Mike Vigil, exdirector de operaciones internacionales de la DEA, lo explicó hace años en una entrevista con Infobae.
Los criminales de mayor nivel suelen comprar inmuebles a familias normales y dejar que esas familias vivan allí gratis.
¿A cambio de qué? de que cuiden el dinero que está enterrado en el jardín, escondido en las paredes o metido en el sótano.
Esas familias no son cómplices directos del trasciego, son depositarios involuntarios y muchas veces ni siquiera saben con exactitud cuánto efectivo están custodiando.
Algunos cálculos estiman que el 10% de toda la fortuna en metálico de organizaciones criminales latinoamericanas está ahora mismo sentado en sótanos olvidados, paredes selladas o jardines a punto de ser excavados por nuevos propietarios sin idea de lo que tienen debajo de los pies.
Y ahora el detalle final, el más absurdo de todos, el que prometí al principio.
Resulta que en los cumpleaños infantiles de los hijos del patrón colombiano, las piñatas no se rellenaban con caramelos, se rellenaban con fajos de billetes de $100.
Los niños las rompían y caían cataratas de efectivo encima de los invitados pequeños.
Esto lo confirma el propio Juan Pablo en sus libros.
Y por si eso no fuera suficiente, hay versiones no del todo confirmadas, pero sí ampliamente difundidas, de que algunos artistas internacionales como Chespirito y Compañía cobraron sumas de hasta un millón de dólares por presentarse en aquellas fiestas privadas.
Carlos Villagrán, Kiko, lo contó él mismo en entrevista.
Le ofrecieron la cifra, la rechazó por miedo, pero otros la aceptaron.
Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, había una pequeña excentricidad navideña que define a Escobar mejor que ninguna otra.
En la Hacienda Nápoles, en pleno trópico colombiano, donde nunca ha caído un copo de nieve, mandó instalar una máquina industrial fabricante de hielo, de las que se usan en pistas de patinaje profesional, solo para tener una blanca navidad para sus hijos.
La cargó desde Medellín hasta el corazón de Antioquia en convoy y un 24 de diciembre cualquiera, los niños jugaban con nieve artificial en el césped a 35ºC de temperatura ambiente.
Si su hija pequeña pedía un animal nuevo para el zoológico de la finca, daba igual que estuviera en África, mandaba un avión privado a buscarlo.
Y si lo que pedía era imposible, su padre se inventaba historias como aquella del unicornio.
Una leyenda dice que para uno de los cumpleaños de la niña, Escobar habría mandado clavar a un caballo blanco un cuerno postizo y pegarle alas con grapas para que pareciera un unicornio mitológico.
La esposa del capo, Victoria Enao, lo desmintió categóricamente en su libro y publicó incluso la foto del cumpleaños real.
Pero el mito persiste porque encaja con todo lo demás.
Pero aquí está la ironía final.
Toda esa fortuna obscena, todo ese derroche cinematográfico, todos esos zoológicos privados, palacios árabes, islas privadas, jets, diamantes, lingotes, esposas con servicio diario de manicura, hijos con apartamentos de soltero a los 13 años, fuegos artificiales por valor de cientos de miles de dólares, vinos franceses traídos en jet, dinero ardiendo en hogueras, todo eso al final acabó en lo mismo.
cárcel, una bala, la mesa de operaciones, el desierto, una fosa común, una mansión incautada y subastada por el estado.
Leder vive hoy en Alemania con 1000 € en el bolsillo, según él mismo declaró a semana.
Pobre pero libre.
Escobar enterrado en Medellín.
El Chapo cumpliendo cadena perpetua en una prisión federal de Colorado bajo régimen de máxima seguridad.
Caro Quintero, extraditado a Estados Unidos.
Amado Carrillo, oficialmente muerto bajo el visturí.
Los hipopótamos siguen reproduciéndose sin control en el río Magdalena.
Cada vez que veas a alguien presumir de ostentar una pistola de oro, un tigre amarrado en un patio o una flota de aviones privados, recuerda esto.
El dinero del crimen no se gasta, se evapora, se pudre, se lo comen las ratas, literalmente, se quema una noche fría en una hoguera improvisada o se entierra en una caleta cuyo mapa muere con su dueño.
Cuéntame en los comentarios cuál de todos estos derroches te parece el más absurdo.
Si crees que aún existe dinero enterrado de Pablo Escobar, esperando que alguien lo encuentre.
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