Cómo Vivió El Chopo: El Sicario Más Devastador de Pablo Escobar

El 19 de marzo de 1993, cuatro agentes del cuerpo élite de la policía colombiana abrieron en silencio la puerta del apartamento 2000 del edificio en pleno centro de Medellín.

Al otro lado, en la habitación principal, estaba tirado en la cama el hombre que Pablo Escobar había llamado el rey de los bandidos.

 El mismo hombre al que John Jairo Velázquez, alias Popelle, describió años después con una honestidad que muy pocas personas se atrevían a pronunciar en voz alta.

Yo al Chopo le tenía pánico.

El mismo Pablo Escobar me decía que por qué todos le teníamos pánico.

Mario Alberto Castaño Molina llegó a ese apartamento recorriendo uno de los caminos más extraños que puede recorrer un ser humano en el Medellín de los 80.

 del mesón de un hotel a la cima del aparato militar del cartel más poderoso del mundo.

Fue él quien robó la caleta que desencadenó la caída de Galeano y Moncada.

Fue él quien ejecutó a los socios de Escobar dentro de la catedral y fue él quien sostuvo la guerra del cartel cuando todos los demás ya habían caído.

 Hoy vamos a contar cómo vivió, cómo mató y cómo terminó sus días el hombre que pocos recuerdan, pero sin el cual el cartel de Medellín no habría llegado hasta donde llegó.

Lo que vamos a ver aquí no son las anécdotas que circulan en los documentales de Netflix.

Vamos a ir a los archivos de El tiempo del 20 de marzo de 1993, a las declaraciones que rindieron los delatores ante las fiscalías, a lo que dijo Popelle frente a las cámaras de noticias Caracol y a lo que escribió Victoria Enao, la viuda de Escobar, sobre ese hombre al que su marido nombró

guardaespaldas antes de nombrarlo jefe de guerra.

Porque la historia del chopo es también la historia de por qué un cartel armado con 2000 hombres terminó destruido desde adentro por sus propias manos.

El hombre que siguió matando cuando todos habían huido.

Son las 11:40 de la mañana del viernes 19 de marzo de 1993.

En el sector de Junín con Maracaibo, en el corazón de Medellín, el edificio del banco comercial antioqueño lleva décadas siendo una de las construcciones más reconocibles del centro de la ciudad, 20 pisos, fachada gris.

Desde su balcón más alto se contempla el parque de Bolívar y la cúpula de la basílica metropolitana.

En el piso 20, un hombre de 40 años duerme en una habitación con pisos de madera tallada, sin camisa, pantalón jein azul, zapatos negros.

Las paredes son blancas, en ellas cuelgan cuadros de arte religioso y una acuarela de una mujer.

Hay mesas de centro con vidrios gruesos, baños enchapados en mármol y en un rincón un detalle que nadie habría esperado encontrar en el apartamento del hombre más buscado de Colombia en ese momento.

 Un coche de bebé y un caminador.

Cuatro agentes del cuerpo élite de la policía abren la puerta con sigilo.

El hombre dentro no se percata.

Segundos después, cuando siente la presencia, ya es demasiado tarde.

Agarra la pistola de 9 mm que tiene en la mesa de noche y dispara hasta vaciar el proveedor completo.

Ninguno de los disparos da en el blanco.

 Los agentes responden cuando todo termina.

En el piso de madera tallada del apartamento 2000 yace el cuerpo de Mario Alberto Castaño Molina, alias el Chopo con 48 orificios de bala.

El hombre encargado de la seguridad de Pablo Escobar, el último jefe militar del cartel de Medellín.

Según el tiempo, en su edición del 20 de marzo de 1993, uno de los delatores que entregó a el Chopo le había dicho al bloque de búsqueda días antes, “Si ustedes lo matan, se acaba el problema, porque él le mata a la mamá, los hijos y la esposa

a quien lo delate, pero el chopo fue delatado igual.

¿Quién era ese hombre? ¿Cómo pasó de lavar mesas en un hotel a dirigir el aparato de terror más sofisticado que haya visto Colombia? ¿Qué hizo exactamente dentro de la catedral en julio de 1992? ¿Y por qué su muerte el 19 de marzo de 1993 marcó, según miembros de la fuerza pública, el origen de todos los golpes definitivos contra el cartel? Eso es lo que vamos a contar hoy.

Quédense.

 El niño que creció en el sur del valle de Aburray Tagüí.

28 de enero de 1953.

Mario Alberto Castaño Molina nació en uno de los municipios del cinturón sur del valle de Aburrá.

Ese corredor de pueblos que se pegan a Medellín por la autopista en Vigado, Itagüí, la estrella, Sabaneta.

Para los años 50 y 60, ese surmetropolitano era territorio de fábricas textiles, obreros y familias que habían llegado desde el campo antioqueño buscando un jornal.

 Las casas eran de bloque sin repello, las calles destapadas la mayoría y los muchachos que crecían ahí aprendían pronto que las oportunidades tenían bordes muy concretos.

Itagí albergaba en esos años varias de las plantas industriales más importantes de Antioquia.

La vocación fabril del municipio venía del siglo XIX.

 Para 1883 ya era el tercer municipio más poblado del Valle de Aburrá, después de Medellín y Envigado, según registros históricos de su archivo municipal.

Y ese crecimiento había sido constante, porque el trabajo en las fábricas textiles atraía a familias campesinas de todo el departamento.

Pero los hijos de los obreros no heredaban los puestos de sus padres, heredaban la deuda, el arriendo, la falta de opciones.

 Castaño Molina creció en ese ambiente.

Sus primeros años están documentados solo en los expedientes que generó su muerte.

De su infancia concreta, de su familia, de los detalles más íntimos quedan muy pocas trazas en los archivos públicos colombianos.

Lo que sí se sabe, confirmado por fuentes de la policía y por crónicas posteriores del tiempo, es que en algún momento de su juventud llegó a trabajar como mesero en un hotel de Medellín.

Ese detalle no es menor.

Habla de alguien que salió de Itahüí, que migró al centro de la ciudad, que encontró trabajo en el sector de servicios.

Un trabajo de cara al público, un trabajo donde uno aprende a leer a la gente.

El proceso de metropolización que describe el área metropolitana del Valle de Aburrá en su historia oficial fue explosivo precisamente en las décadas del 50 y el 60.

 La industrialización aceleró las migraciones campo ciudad y los cascos urbanos de Medellín.

Itagüí y Bello crecieron más rápido de lo que podía crecer la infraestructura.

Para 1974, la tasa de homicidios en Medellín ya marcaba 15,78 por cada 100,000 habitantes, según datos históricos recopilados por análisis urbano.

En 1978 había llegado a 40,55 y en 1981 a 69,04.

La violencia no apareció de la noche a la mañana con el narcotráfico.

Venía creciendo desde antes en capas desde los barrios de ladera que nadie veía desde el centro.

Castaño Molina tenía 28 años cuando Colombia comenzó a ver en televisión el nombre del cartel de Medellín por primera vez.

Tenía 30 cuando el asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla el 30 de abril de 1984 le dijo al país que algo había cambiado para siempre.

 Para ese momento él ya no era mesero.

La ciudad donde matar era un trabajo entre 1975 y 1985.

Medellín experimentó una transformación que no tiene parangón en la historia urbana latinoamericana reciente.

El dinero del narcotráfico, primero de la marihuana, después de la cocaína, cambió la arquitectura de los barrios, los precios de los lotes, las costumbres sociales y, sobre todo, el mercado laboral informal de los jóvenes.

 Los números lo dicen con una claridad que ninguna descripción supera.

En 1983, Medellín registró 869 muertes violentas.

En 1991, 8 años después, esa cifra ascendió a 69, según datos del Instituto Nacional de Medicina Legal recopilados por el espectador.

Ocho veces más muertos en 8 años.

Para 1985, la tasa de homicidios había llegado a 113 por cada 100,000 habitantes, según Bice News en su análisis histórico de la violencia en Medellín.

 Y en 1991 marcó el récord que convirtió a la ciudad en la más violenta del mundo en ese momento.

Pero esas cifras tienen una textura que los promedios no capturan bien.

La violencia no se repartió de manera uniforme por la ciudad.

Se concentró en las comunas noroccidental y norooriental, Aranjaranju, Manrique, Popular, La Candelaria, Castilla.

Barrios que habían crecido en los años 60 y 70 con familias desplazadas de municipios como Ituango, Peque, Dabeiva, que llegaron con lo puesto después de que la violencia partidista del campo los expulsara.

La abuela de esa gente había construido su rancho de guadua en la ladera.

Los nietos construyeron su historia con las armas que el cártel puso a su alcance.

 A mediados de los años 80, según el análisis histórico del periodista Juan Diego Restrepo, las guerrillas del M19 y el EPL entraron a varios de esos barrios populares con formación militar y armas.

Y de esas mismas estructuras, de esa formación, surgieron algunas de las primeras bandas que después terminaron al servicio de los narcotraficantes.

El crimen organizado no llegó a las comunas desde afuera, surgió de adentro hacia afuera.

Para mediados de los 80, matar a alguien en Medellín tenía tarifa.

Pablo Escobar llegó a pagar $500 por cada policía asesinado, después subió a 1000.

Según testimonios recogidos por Noticias Caracol, en el especial 500 días de Escobar, ese mercado funcionaba con la lógica de cualquier trabajo informal.

 Había quien reclutaba, quien pagaba y quién ejecutaba.

Y los ejecutores eran, en su mayoría muchachos de entre 15 y 22 años que nunca habían visto tanto dinero junto.

El mismo patrón que describe Infobae en su análisis de la comuna 13 aplica para el sur del área metropolitana donde creció Castaño.

Escobar encontró entre la pobreza y la falta de oportunidades de los municipios del cinturón la cantera de sus futuros lugarenientes.

 Para los jóvenes de familias desplazadas, que habían crecido sin piso, sin futuro formal, sin acceso al crédito ni a la educación técnica, ingresar a esas estructuras era la única promesa concreta de ascenso social disponible.

El dinero era real, la moto era real, el respeto, aunque fuera el respeto del miedo, era real.

 Este es el contexto en el que Mario Alberto Castaño Molina se convirtió en lo que se convirtió.

No nació sicario, tampoco nació en el crimen organizado.

La versión verificable de su historia arranca en un hotel, un hotel donde Pablo Escobar era cliente.

El primer crimen que cambió su vida.

Escobar tenía una habilidad particular que pocos de sus biógrafos han explorado con suficiente detenimiento.

 Detectaba potencial criminal en personas que todavía no sabían que lo tenían o que sí lo sabían, pero no habían encontrado quién les pagara por ello.

No buscaba sicarios ya formados.

Buscaba lealtad en bruto, violencia contenida, disposición a obedecer.

Y eso podía venir de cualquier parte, de los barrios de ladera, de los jóvenes que robaban en el parque del cementerio San Pedro, como hizo Pinina, o de un mesero que servía café y que miraba el mundo con los ojos de alguien que había decidido que el mundo le debía algo.

Castaño Molina

entró al cartel a través de ese reclutamiento personal.

Victoria Enao, en su libro Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar hace referencia explícita a El Chopo como uno de los primeros guardaespaldas de la familia.

El primero fue Pinina y luego Chopo, La Yuca y Pasquín, quienes se convirtieron en nuestras sombras.

 Esta mención ubica a Castaño como parte de la primera guardia del cartel antes de que la estructura se expandiera a los miles de hombres que tuvo en su pico de poder entre 1989 y 1992.

Los primeros trabajos del Chopo dentro del cartel son difusos en los archivos.

Lo que se sabe es que pasó por un proceso de entrenamiento, así lo consigna la Wikipedia, basándose en fuentes de la policía colombiana, y que su ascenso fue rápido porque nadie dentro del cartel cuestionó su disposición para la violencia.

 Al contrario, el problema que tuvo Castaño a lo largo de toda su carrera criminal fue exactamente el opuesto.

Todos le temían demasiado, incluso quienes eran sus aliados.

Pinina no lo podía ni ver, declaró Popelle.

Y Pinina era hasta su muerte en junio de 1990 el hombre de mayor confianza de Escobar.

Eso dice bastante sobre quién era el chopo.

 ¿Cómo llegó al círculo de Pablo Escobar? El apodo llegó con su cargo.

En el argot de las comunas de Medellín de los años 70 y 80.

Chopo era la palabra con la que se conocía al fusil.

Alarma de fuego larga.

Escobar se lo dio personalmente y no fue una casualidad fonética, fue una descripción funcional.

 Mario Alberto Castaño Molina era dentro del cartel el instrumento de fuego, el que disparaba, el que no dudaba.

Para entender la posición que ocupó desde el principio, hay que entender la estructura interna del cartel durante sus años de formación.

Escobar no dirigía una organización horizontal.

Era una pirámide de lealtades personales, donde la cercanía al capo determinaba el poder, los recursos y la supervivencia.

Los primeros guardaespaldas, Pinina, el Chopo, la yuca, Pasquín, no eran simples escoltas, eran la primera línea de protección, los testigos de las conversaciones más delicadas, los ejecutores de las órdenes que nadie más podía conocer.

Estar en ese círculo significaba acceso total.

Significaba también que si algo salía mal, uno era el primero en pagar.

 Victoria Enao, en su libro Mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar narra un episodio que ilustra con precisión la naturaleza de ese círculo.

Cuando su hijo Juan Pablo era niño, Escobar le asignó personalmente a Pinina para enseñarle a manejar una motocicleta.

Junto a Pinina, el Chopo y los demás primeros guardaespaldas formaban lo que la familia llamaba las sombras.

 No existía una conversación importante dentro de la familia Escobar en la que ese círculo no estuviera presente.

Y cuando Escobar se ausentaba o enfrentaba problemas graves, era Pinina quien servía como enlace con Victoria.

El Chopo, en ese mismo periodo, operaba en paralelo, lealtad total, ejecución sin preguntas.

Hay algo en la mecánica de ese primer círculo que la historiografía popular sobre el cártel tiende a ignorar.

 Escobar no seleccionó a esos hombres por sus habilidades técnicas.

Pinina había sido ladrón de radios de carro a los 12 años.

Fue al cementerio San Pedro a robar uno de los vehículos de Escobar y este, en lugar de castigarlo, lo reclutó.

Según el relato recogido en diversas fuentes sobre el sicario.

El chopo vino de servir tintos en un hotel.

 Lo que el capo buscaba en esa primera guardia era algo más difícil de fabricar que la puntería.

Buscaba a personas que no tuvieran ninguna red de lealtad alternativa, hombres sin estructura previa a la cual regresar, hombres para quienes el cartel fuera la única familia que les quedaba.

Pablo Escobar lo llamó el rey de los bandidos y Castaño lo adoptó como título propio.

 Dentro del cartel lo usaba con la seriedad con la que un general usa su rango.

Ese detalle registrado en la crónica de la publicación Medellín Behind Fiction y en testimonios de sus propios compañeros, dice algo sobre cómo el Chopo se veía a sí mismo, no como un empleado del patrón, sino como un par, como alguien que ejercía autoridad propia, aunque esa autoridad derivara de la cercanía con Escobar.

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 Esa distinción, sutil, pero real explica parte de lo que vino después, las reglas de Escobar para sus sicarios.

Hay algo que los documentales sobre Pablo Escobar tienden a suavizar o a omitir por completo.

La vida cotidiana dentro del cartel era un ejercicio permanente de miedo horizontal.

No solo el estado le temía a Escobar, los propios hombres del cartel se temían entre sí y la razón de eso, en buena parte era el chopo.

 Popelle lo explicó en términos que no admiten interpretación alternativa en una entrevista posterior recogida por noticias Caracol.

Chopo era un hombre demasiado violento.

El arete le tenía pánico.

Trató de matar a El arete.

Pinina no lo podía ni ver.

Carlos Mario Alzate Urquijo, alias el arete era él mismo uno de los sicarios más temidos del cartel, señalado por las autoridades como autor intelectual del atentado al vuelo 203 de Avianca en noviembre de 1989, que dejó 110 personas muertas.

 y el arete le tenía miedo a el chopo.

Las reglas de escobar para su aparato de seguridad eran simples en su formulación y absolutas en su aplicación.

Lealtad total, obediencia sin preguntas y violencia proporcional, lo que en el lenguaje del cartel significaba si alguien te traiciona, responde sobre su familia completa.

 Castaño era el hombre que aplicaba esa doctrina con más consistencia que nadie.

Uno de los delatores que colaboró con el bloque de búsqueda en 1993 lo describió así.

Según la crónica del tiempo del 9 de agosto de ese año, si se enteraba de que alguien lo había delatado, asesinaba a la madre, los hijos y la esposa del delator, sin excepción.

 Esa reputación tenía consecuencias concretas sobre el comportamiento de los demás miembros del cartel.

Cuando Escobar decía que cualquier sospecha de traición se pagaba con la vida, el chopo era el mecanismo de cobro.

Popeelle lo describió así.

Era tan grave dentro del cartel que si usted tenía a su mejor amigo dentro y él cometía un error, colocaban al mejor amigo a que lo matara para que muriera la cosa de plano.

 Esta declaración recogida en el especial de noticias caracol sobre los sicarios de Escobar describe una lógica de complicidad forzada que el cartel usaba para amarrar a sus propios hombres y quien administraba esa lógica en el terreno era Castaño.

Pero hay una dimensión de la vida interna del cartel que pocas crónicas abordan.

 El consumo de sustancias dentro del aparato de seguridad no era un secreto ni una excepción.

El propio Popelle dijo del Chopo que fumaba basuco e inhalaba cocaína.

En una organización donde la violencia era la moneda de cambio, el basuco cumplía una función doble, suprimía el miedo y amplificaba la disposición a actuar sin pensarlo.

 Los estudios sobre el sicariato en Medellín de los años 80 y 90, incluyendo el análisis del sociólogo Carlos Miguel Ortiz, publicado en 1990 como El sicariato en Medellín, entre la violencia política y el crimen organizado, documentan ese patrón en los jóvenes reclutados por el cartel.

Lo que en el Chopo era ya un hábito arraigado a comienzos de los 90 se convirtió en un factor que sus propios compañeros citaban al explicar por qué le tenían más miedo a él que a cualquier otro.

 Era impredecible y la impredecibilidad en ese contexto era la forma más eficiente de terror.

La doctrina que Escobar le encargó administrar a el chopo dentro del cartel era, en el fondo, una réplica del mismo mecanismo que el capo usaba hacia afuera.

El Estado no se dio por convicción durante los años de negociación, se dio por miedo.

 Y los propios hombres del cartel no obedecían por convicción.

Obedecían porque el chopo les hacía saber, sin necesidad de decirlo, lo que ocurría con quien no obedecía.

El ascenso del chopo, la muerte de John Jairo Arias Tascón, alias Pinina, el 13 de junio de 1990 fue el primer gran sacudón de la estructura interna del cartel.

Pinina murió en un operativo de la fuerza elite de la policía en un edificio del barrio El Poblado de Medellín, según consignó el tiempo en sus archivos de ese año.

Tenía 29 años.

Su mujer y su hija de 6 meses estaban en el apartamento cuando llegaron los uniformados.

El general Miguel Maa Márquez, director del DAS, en ese momento, declaró que la baja de Pinina tenía una gran dimensión, casi equivalente a haber capturado al propio Escobar.

 Victoria Enao lo escribió en su libro con una precisión que pocas crónicas han igualado.

Pinina era el elegido por Pablo Escobar para que lo reemplazara en el cartel de Medellín y protegiera a su familia en caso de que lo mataran.

Cuando Pinina cayó, Escobar lo reemplazó con tres hombres.

Según Infobae en su artículo de junio de 2023 basado en declaraciones del propio Popelle, el Chopo, Brances Alexander Muñoz Mosquera, alias Tyson y David Ricardo Prisco Lopera.

 Pero entre esos tres el chopo era diferente.

Tyson y Prisco tenían sus propios estilos de operar.

Castaño era otra cosa.

Era el hombre que Escobar necesitaba para sostener el aparato de terror en un momento en que las autoridades colombianas comenzaban a apretar con una intensidad que el cartel no había sentido desde los primeros años del conflicto con el Estado.

 Para 1991, cuando Escobar negoció su entrega y se recluyó voluntariamente en la catedral, la cárcel que él mismo mandó construir en un predio de su propiedad en la vereda la catedral del municipio de Envigado, el hombre que dejó encargado del control militar del cartel del lado de afuera fue precisamente Mario Alberto Castaño Molina.

 Junto a el Arete, Tyson y un cuarto hombre conocido como la modelo o Yoba.

Pero la jerarquía era clara.

El Chopo coordinaba, dirigía bandas en Medellín, en Vigado y el área metropolitana, coordinaba la cadena de pagos a sicarios.

Mantenía la estructura que garantizaba que los asesinatos de policías continuaran incluso con el patrón entre rejas.

 El cartel de Medellín mató a policías con tarifas que el tiempo documentó en varias publicaciones de 1992.

Las cifras oscilaban entre 00 y por agente.

Entre septiembre y diciembre de 1992, decenas de policías fueron ejecutados en las calles de Medellín.

Los coches bomba volvieron a aparecer y detrás de esa maquinaria estaba el chopo.

 Antes de continuar, para los que nos están viendo desde Estados Unidos, desde Nueva York, desde Miami, desde Houston, desde Los Ángeles, a todos los colombianos en la diáspora que nos siguen, sepan que en este video van a descubrir algo que muy pocos documentales cuentan.

Van a entender por qué el Chopo fue el hombre que Escobar consideró tan peligroso que ningún sicario dentro del cártel se atrevía a contradecirlo.

 Van a ver qué pasó exactamente la noche del 4 de julio de 1992 dentro de la catedral.

Van a conocer el nombre del hombre que lo delató y van a entender como la caída del chopo precipitó directamente la muerte de Escobar 9 meses después.

Quédense porque lo más importante todavía no ha ocurrido.

 ¿Por qué los demás sicarios le tenían miedo? Hay una distinción que vale la pena hacer con cuidado.

Dentro del cartel de Medellín existían sicarios temidos por sus víctimas y sicarios temidos por sus propios compañeros.

El chopo pertenecía a la segunda categoría que era considerablemente más reducida.

Popelle, en una entrevista posterior a su liberación recogida por Noticias Caracol, utilizó una palabra para describirlo que no usó para ningún otro miembro del cartel.

 Dios, no en sentido religioso, en el sentido del poder absoluto e inapelable.

El Chopo era otro dios.

Usted le decía algo y lo mataba.

La diferencia entre el Chopo y la mayoría de los sicarios del cartel no era técnica.

Castaño, según los registros de su muerte publicados por el tiempo, medía aproximadamente 1.55 m.

Algunas fuentes lo ubican en ese rango.

Cargaba peso extra y operaba con un estilo que sus propios compañeros describían como amargado.

El propio Popelle agregó que consumía basuco y cocaína de forma habitual, un adicto violento en el núcleo duro del cartel más poderoso del mundo.

Lo que lo hacía diferente era que no mataba solo cuando Escobar lo ordenaba, mataba cuando sospechaba.

 Mataba cuando le molestaba a alguien, mataba cuando interpretaba que alguien podía representar un riesgo, aunque ese alguien fuera un aliado de años.

El artículo de Wikipedia sobre los miembros del cartel de Medellín recoge la descripción de fuentes policiales y judiciales.

Era conocido por ser uno de los más violentos, brutales y sádicos sicarios.

 considerado entre los grupos de lugartenientes de Escobar como un hombre amargado y empedernido consumidor de droga y quien además mataba por sospecha y no temía asesinar a quien fuera.

Carlos Mario Alzate Urquijo, el arete fue uno de los hombres de los que Popelle dijo que le tenía pánico a Castaño.

El arete era a su vez un hombre al que las autoridades colombianas señalaban como uno de los autores intelectuales del bombazo al vuelo 203 de Avianca.

 el 27 de noviembre de 1989, que mató a 110 personas, un criminal de primer orden dentro del cartel y el arete le tenía pánico a el chopo.

Eso explica por qué Escobar lo necesitaba.

El terror interno era una herramienta de gestión.

Si los propios hombres del cartel temían a castaño, nadie se atrevía a desobedecer una orden.

Nadie se atrevía a robar.

 Nadie se atrevía a negociar por fuera, al menos en teoría.

El ejército secreto que dirigía para 1992, el Chopo no operaba solo.

Dirigía una red de bandas de sicarios articuladas desde Envigado hacia el resto del valle de Aburrá.

Y fue desde esa posición que consolidó lo que después se conocería como la oficina de Envigado, la estructura criminal que sobrevivió al cartel de Medellín, que sobrevivió a los castaños, que sobrevivió a las AUC y que hoy, más de 30 años después, sigue operando en Medellín con 90% de control sobre las estructuras criminales activas

en la ciudad, según datos de Infobae, citando a las autoridades colombianas.

Lo que hace relevante esta historia para el Colombia del presente, el origen de la oficina tiene una fecha que las fuentes ubican con bastante precisión.

Según el testimonio de un exmiembro de la organización, recogido por la Unidad Nacional de Justicia y Paz en noviembre de 2009 y publicado por el periodista Juan Diego Restrepo en el libro Las vueltas de la oficina de Envigado, la estructura inició en 1985.

Era como un grupo de mafiosos que comenzaron a estructurarse.

El nombre también tiene una explicación directa.

Escobar se hacía llamar doctor por sus hombres y todo doctor tiene su oficina.

Así empezó a llamarse.

Y desde esas primeras oficinas físicas en el municipio de Envigado, donde el cartel tenía presencia real en los despachos locales, se fue construyendo la organización que el Chopo lideró entre 1986 y 1993.

según consigna la Wikipedia sobre la oficina de Envigado citando fuentes policiales.

La oficina de Envigado no fue un capricho de Escobar, fue la solución logística a un problema concreto.

¿Cómo coordinar cientos de pequeñas bandas de sicarios distribuidas en decenas de barrios? Manrique, Popular, Aranjuz, Castilla, La América, El Poblado, Enigado, Sabaneta, Itaí, garantizando que los pagos llegaran, que las órdenes se ejecutaran y que nadie hablara con las autoridades.

 El Chopo era el centro operativo de esa coordinación.

Según el artículo de Wikipedia sobre Mario Alberto Castaño Molina, que cita Fuentes de la policía colombiana y el libro de Ginet Bedoya, Lima Blanco neutralizado, 20 años de la guerra contra el narcotráfico, Castaño coordinaba numerosas bandas de sicarios y era el encargado de ejecutar y pagar asesinatos a centenares de policías en Medellín.

 La cifra que se le atribuye al periodo 1992-193 es de más de 200 muertos directamente vinculados a operaciones bajo su mando.

El mecanismo operativo tenía tres capas.

La primera era el reclutamiento.

La oficina absorbía pandillas ya existentes en los barrios de Ladera y en los municipios del sur metropolitano.

 Les daba estructura, jerarquía y pago fijo.

La segunda era la coordinación logística, la distribución de armas, el pago de los asesinatos, el encubrimiento posterior a través de redes de abogados y funcionarios corruptos.

La tercera era el control territorial.

Ningún narcotraficante menor podía operar en el área metropolitana sin pasar por la oficina.

 Cualquier deuda del bajo mundo se cobraba a través de ella.

Esa función de árbitro del crimen organizado urbano es exactamente la que sus herederos siguen ejerciendo hoy.

Según el análisis de Inside Crime, la oficina se encargaba del reclutamiento y la organización de sicarios, reparto de armas y de los pagos a los mismos por los asesinatos de miembros de la policía nacional y el DAS en las calles de Medellín.

 Y bajo esa estructura que el Chopo manejó durante 7 años, se formaron los sicarios que luego operarían durante décadas más en distintas configuraciones.

La banda La Terraza, que se volvió independiente y aterrorizó a Medellín hasta entrado el siglo XXI, tiene sus raíces en esa misma estructura.

Las víctimas de ese periodo no son una abstracción estadística.

 Son los agentes de policía asesinados en patrullajes rutinarios en Manrique, en Aranjuz, en la Candelaria.

Son los civiles que estaban cerca cuando un coche bomba explotó en la calle 93 de Bogotá, en los alrededores de la Universidad de Medellín, en el barrio El poblado.

Son las familias que recibieron la noticia de que un familiar no iba a volver.

 Cada cifra de esa cuenta tiene un nombre.

La mayoría de esos nombres nunca aparecen en los documentales.

Las operaciones que lo hicieron leyenda.

El 27 de noviembre de 1989 es una de las fechas más oscuras en la historia de la aviación civil colombiana.

El vuelo 203 de Avianca, en ruta de Bogotá a Cali explotó en el aire a los 2 minutos del despegue desde el aeropuerto El Dorado.

 110 personas murieron.

No había sobrevivientes.

La bomba había sido colocada a bordo con el objetivo de asesinar a los candidatos presidenciales que supuestamente viajaban en ese vuelo.

Ninguno iba.

Las 110 víctimas eran pasajeros ordinarios.

El tiempo y el espectador cubrieron el atentado con extensión.

Las investigaciones posteriores vincularon la operación a Pinina y a la estructura de sicarios del cartel.

 El Chopo en ese periodo formaba parte de ese mismo círculo.

Su nombre aparece vinculado en los expedientes judiciales a la coordinación general de las operaciones terroristas de la época, aunque la autoría intelectual del vuelo 203 se atribuye principalmente a el arete.

Pero hay un hecho que casi ningún relato sobre el Chopo menciona con suficiente precisión.

 Castaño Molina fue, según fuentes del bloque de búsquedas citadas por el tiempo, el principal coordinador del asesinato de policías en Medellín durante la última fase del cartel.

Ese negocio funcionaba con la disciplina de una empresa, listados de uniformados, turnos de vigilancia, pagos por ejecución, encubrimiento posterior y el chopo era el gerente.

 Los policías asesinados entre 1992 y el 19 de marzo de 1993 en Medellín, muchos de ellos identificados en los registros de la Policía Nacional como caídos en combate contra el narcotráfico, son también parte de la historia de Mario Alberto Castaño Molina.

La ciudad de Medellín tenía en esos años un promedio de más de 20 muertos diarios.

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 El área metropolitana, según datos del Dane recopilados en estudios posteriores sobre el conflicto, registró tas de homicidio que llegaron a superar los 380 por cada 100,000 habitantes en 1991, lo que la convirtió en la ciudad más violenta del mundo en ese momento.

El chopo era parte orgánica de esa estadística, la muerte de Pinina y la oportunidad de su vida.

 El 13 de junio de 1990 cambió el equilibrio interno del cartel de una manera que tomó meses en hacerse visible.

Esa mañana, mientras Colombia estaba pegada al televisor viendo el partido de la selección contra Yugoslavia en el Mundial de Italia, Colombia ganó 1 a0.

Con gol de Bernardo Redín en el minuto 88, el cuerpo élite de la policía ejecutó el operativo de inteligencia más importante hasta ese momento contra el cartel.

 John Jairo Arias Tascón, alias Pinina fue abatido en su apartamento del barrio El Poblado a las 10:07 de la mañana mientras estaba en compañía de su esposa Diana Gómez Moreno, de 19 años y de su hija de 6 meses.

Tenía 29 años.

El mismo general Miguel Maa Márquez, director del DAS, declaró que la muerte de Pinina tenía tanta dimensión como si se hubiera capturado o dado de baja a Pablo Escobar.

Lo decía con fundamento.

 Pinina había organizado desde 1984 hasta ese momento casi todos los atentados del cartel.

El asesinato del ministro Rodrigo Lara Bonilla, los del coronel Jaime Ramírez Gómez y el magistrado Hernando Vaquero Borda en 1986, el del procurador Carlos Mauro Hoyos en 1988.

el de Luis Carlos Galán, el atentado al DAS, el bombazo al vuelo 203 de Avianca.

Todo eso pasó por sus manos.

La información que permitió localizarlo llegó de un ciudadano anónimo que se comunicó en varias oportunidades con la comandancia de la policía de Antioquia.

El gobierno pagó 100 millones de pesos de recompensa en absoluta reserva, según consignó el tiempo en su cobertura de junio de 1990.

Y 12 horas después de la muerte de Pinina, Escobar respondió: “Un coche bomba con 80 kg de dinamita explotó en el poblado, dejando cuatro muertos, 90 heridos y pérdidas materiales superiores a los 1000 millones de pesos”.

Victoria Enao lo escribió con precisión en mi vida y mi cárcel con Pablo Escobar.

Pinina era el elegido por Pablo Escobar para que lo reemplazara en el cartel de Medellín y protegiera a su familia en caso de que lo mataran.

 Esa frase tiene un peso que no siempre se dimensiona bien.

Pinina era el plan B de Escobar, el sucesor designado.

Y cuando cayó, el cartel quedó sin ese plan.

Escobar tomó una decisión de reparto de poder que intentaba suplir lo insuplible.

El nuevo núcleo de confianza quedó conformado, según Infobae, en su artículo de junio de 2023, basado en declaraciones de Popelle por tres hombres: El Chopo, Brances Alexander Muñoz Mosquera, alias Tyson y David Ricardo Priscolopera.

 Cada uno con su red, con su gente, con su propio estilo de operar.

Pero entre esos tres, el chopo era diferente.

Tyson y Prisco tenían sus propios estilos.

Castaño era otra cosa.

Había estado en la primera guardia desde el principio.

Conocía los secretos que Pinina conocía y tenía algo que Tyson y Prisco no tenían en igual medida, una estructura propia.

 La oficina de Envigado, que ya llevaba 5 años funcionando bajo su coordinación.

era su red personal, su ejército.

Eso significaba que cuando Escobar negoció su entrega con el gobierno de César Gaviria y se recluyó en la catedral en junio de 1991, el hombre que quedó del lado de afuera con más estructura real y más poder operativo fue de los tres Mario Alberto Castaño Molina.

 Pero ese poder tenía una trampa.

La misma estructura que lo hacía indispensable para Escobar, lo hacía peligroso para todos los demás.

Y dentro del cartel, ser demasiado poderoso sin ser el patrón, tenía una sola salida posible.

El hombre que heredó la guerra de Escobar.

La catedral era una cárcel construida bajo las especificaciones del propio Pablo Escobar en un predio de su propiedad en la vereda la catedral, municipio de Envigado, a 9.

8 km del centro de Medellín, por una carretera de rampas que alcanzaban un desnivel del 21%.

tenía canchas de fútbol, sauna, biblioteca, cabañas personales, salón de juegos.

El Estado colombiano aceptó las condiciones porque la alternativa extradición a Estados Unidos hacía que Escobar pusiera bombas.

Así que se construyó la cárcel que el capo quería y se lo mandó a recluir allí.

 Los medios la apodaron rápidamente, cárcel de máxima comodidad.

Era un chiste que el gobierno tuvo que tragarse sin reírse.

Desde adentro, Escobar siguió dirigiendo.

La guardia principal del penal estaba, en su mayoría, bajo su nómina, sicarios propios disfrazados con uniformes de guardia carcelaria, según documenta el artículo de Wikipedia sobre la catedral, citando fuentes judiciales.

El ejército se encargaba de la seguridad exterior, pero tampoco quedó completamente libre de sobornos.

El mecanismo era simple.

Los mensajes salían a través de sus abogados, de familiares, de funcionarios corruptos dentro del penal.

A diario subían a visitar al capo personas de toda índole, familiares, bandidos, personalidades.

 Y el receptor principal de las instrucciones del lado de afuera era el Chopo junto a el arete, Tyson y un cuarto hombre conocido como la modelo o Yoba.

Pero la situación adentro se estaba complicando de una manera que Escobar no había calculado bien.

Antes de entregarse, el capo dependía del narcotráfico activo para financiar todo.

En la catedral, con las exportaciones interrumpidas, empezó a presionar a sus socios con cuotas que crecían sin límite.

Fernando Galeano y Gerardo Moncada les giraban, según consigna la revista Semana, en una investigación de 2022, $500,000 mensuales a Escobar.

Cuando el negocio se puso difícil, hicieron un pago de 50,000, una reducción del 90%.

 Para Escobar eso era una señal.

Para Galeano y Moncada era sobrevivir.

Y ahí entra el chopo de nuevo.

El cartel de Medellín mató a policías con tarifas documentadas en varias publicaciones de El tiempo y el análisis de Infobae, alrededor de 2 millones de pesos colombianos por agente, equivalente en esa época a los $,000 que algunas fuentes citan.

 Según la cronología del cartel publicada en Wikipedia, solo en los últimos meses de 1992, desde la fuga de la catedral hasta diciembre, las unidades del bloque de búsqueda habían dado de baja a 30 sicarios y capturado cerca de 200 hombres del brazo armado.

Y el 31 de diciembre de 1992, el registro oficial de muertes violentas en Medellín cerró en 7807 homicidios en ese año.

 7807 personas en 12 meses en una sola ciudad.

Esos muertos tienen contexto.

Parte de esa cifra brutal corresponde a la retaliación que el cártel desató después de la muerte de Tyson el 28 de octubre de 1992.

En las 48 horas siguientes a la baja de Brances Muñoz Mosquera, grupos de sicarios atacaron patrullas policiales por toda Medellín.

 Para el 29 de diciembre, 70 policías habían sido asesinados como venganza directa por la muerte de Tyson.

Según la cronología del cartel de Medellín en Wikipedia, esa maquinaria de represalia coordinada, los sicarios que respondían, las bandas que se activaban, los pagos que llegaban, pasaba por las manos del Chopo.

 Tyson había caído el 28 de octubre de 1992 en el barrio Malibú de Medellín, cuando el bloque de búsqueda reventó la puerta blindada de la casa donde estaba con su esposa y su hijo recién nacido.

Según detalla la Wikipedia sobre Brances Muñoz Mosquera.

En el tiempo del 29 de octubre tituló Murió el terrorista Tyson.

 Y a partir de ese momento, la línea de mando del ala militar del cartel recayó todavía más directamente sobre el chopo.

La última ofensiva del cartel de Medellín.

La caleta estaba en el barrio San Pío, en el occidente de Medellín, una casa custodiada por una mujer madura y su hija adolescente.

 Dentro, enterrado en el garaje, había una fortuna que diferentes fuentes cifran entre 20 y 23 millones de dólares.

Un trabajador del Chopo, de nombre Alejandro había conocido la existencia de esa caleta a través de una relación personal con alguien cercano a la familia Galeano.

lo suficientemente cercano como para saber que en ese garaje había dinero que sus dueños llamaban los cajones, reservas de emergencia para el día en que el negocio se cayera.

 En la noche del miércoles primero de julio de 1992, según la crónica publicada en el sitio Pablo Escobar Gaviria, info basada en fuentes judiciales.

Cuatro hombres armados irrumpieron en la residencia de San Pío.

La mujer madura y su hija adolescente no pudieron hacer nada.

Los improperios que lanzaron fueron respondidos con el silencio de las ametralladoras.

Se llevaron el dinero.

Fernando Galeano se enteró.

Fue a la catedral a ver a Escobar.

La reunión del 27 de junio fue, según los delatores que declararon ante las fiscalías, cordial en apariencia.

Escobar prometió investigar, pero el Chopo ya le había informado del robo antes de que Galeano llegara y ya sabía quién lo había hecho.

El titi, John Jairo Posada Valencia.

había sido quien tomó el dinero junto con un hombre conocido como Freddy o Misterio.

Castaño era el jefe de ambos.

La información llegó a Escobar a través de julio de 1992, Fernando el Negro Galeano volvió a la catedral.

Para su sorpresa, allí también estaba Gerardo Kiko Moncada.

 Escobar los recibió.

Y en esa reunión, según las declaraciones de los delatores consignadas en la investigación de la revista Semana, Escobar les comunicó que estaban secuestrados.

Ambos intentaron salir.

El intento les costó la vida.

Escobar ordenó a el Chopo, que ese día también había subido a la cárcel, que los ejecutara.

 Murieron dentro de la catedral, una cárcel del estado colombiano.

Sus cuerpos nunca aparecieron.

Oigan, antes de que continuemos, los que nos ven desde Estados Unidos, déjenos saber en los comentarios desde qué ciudad nos están viendo.

Si están en Nueva York, en Miami, en Chicago, en Los Ángeles, en Houston, cuéntennos, porque queremos saber dónde está nuestra comunidad.

 Y si hay alguien que quiera comentar sobre lo que acaba de pasar, el asesinato de Galeano y Moncada dentro de la catedral, en una cárcel del estado colombiano, ¿les parece que Colombia reaccionó como debía ante eso? ¿O el gobierno de Gaviria se dio demasiado? Escríbanlo abajo.

¿Por qué Colombia entera comenzó a buscarlo? La muerte de Galeano y Moncada dentro de la catedral tuvo consecuencias que Escobar calculó mal, lo que para él era una purga interna necesaria, se convirtió en el detonante de la mayor coalición de enemigos que

jamás había enfrentado.

Los números del daño colateral inmediato son estremecedores.

Según la crónica de Bice News, sobre la época del patrón, además de los dos capos ejecutados, Escobar ordenó el exterminio de sus familias, sus contadores y sus aliados.

14 personas fueron asesinadas en tres días, 50 en las semanas siguientes entre desaparecidos y muertos.

 La purga incluyó a Walter Elkin Estrada, guardaespaldas personal de los Galeano, y se extendió a contadores, lavadores de dinero, pilotos y contactos de las redes de exportación de cocaína de ambas familias.

Mireella Galeano, sobreviviente de la masacre, fue quien alertó al fiscal general de la nación, Gustavo de Grave.

 de lo que había ocurrido dentro de la catedral con la mediación de Rodolfo Ospina Baraya, alias Chapulín, según consigna el artículo de Wikipedia sobre la catedral.

Fue esa denuncia la que forzó la mano del gobierno de Gaviria.

Los hermanos de los asesinados William Moncada y Francisco Mario Galeano buscaron protección donde pudieron y la encontraron en dos lugares, el cartel de Cali y Fidel Castaño, el paramilitar con quien Fernando Galeano tenía una amistad personal bien documentada.

 Ese mismo día en que Escobar los mandó matar, según relata Infobae en su análisis sobre los Pepes, los hermanos Fidel y Carlos Castaño fueron convocados a la misma reunión fatal en la catedral.

se salvaron por un derrumbe en la vía que no los dejó llegar a tiempo.

No fue un gesto de misericordia del capo, fue un accidente que cambió el curso de la historia del crimen organizado colombiano.

 Diego Fernando Murillo, alias Donberna, jefe de seguridad de Galeano y único sobreviviente de su círculo cercano tras la purga, se alineó con esa coalición de enemigos.

El 30 de enero de 1993 apareció públicamente el grupo que se autodenominó Los Pepes, perseguidos por Pablo Escobar.

Carlos Castaño confesó después en su libro Mi confesión, que él mismo fue el ideador del nombre y el jefe militar de la organización.

 Las primeras acciones de los Pepes ocurrieron en diciembre de 1992.

ataques con coches bomba contra propiedades de Escobar, seguidas por una carta enviada a las salas de redacción de los principales periódicos del país, advirtiendo que cada vez que el cártel atacara a una persona indefensa, los Pepes responderían de la misma manera.

Pero el gobierno colombiano también actuó.

Cuando el ejecutivo de César Gaviria se enteró de lo que había pasado dentro de la catedral, ordenó el traslado de Escobar a otra cárcel.

El 22 de julio de 1992, el viceministro de Justicia, Eduardo Mendoza y el director de prisiones Hernando Navas Rubio, subieron a la catedral a notificarle a Escobar el traslado.

 Escobar los tomó de rehenes, llamó a la casa de Nariño y mientras negociaba desde adentro, sus hombres de afuera tumbaron el muro de yeso trasero del penal.

Esa noche, aprovechando la niebla y el apagón de la llamada Ora Gaviria, Escobar salió caminando de la cárcel con su hermano Roberto y siete lugarenientes.

Libre y furioso.

El bloque de búsqueda fue reactivado con el nombre que hoy tiene en agosto de 1992, por orden del gobierno de Gaviria, con el propósito único de capturar a Escobar, vivo o muerto.

 Según Wikipedia sobre el bloque, fue conformado por 450 hombres de la Policía Nacional y el ejército, más 50 miembros de inteligencia.

Sus integrantes recibieron entrenamiento de las fuerzas especiales del ejército de los Estados Unidos y fueron seleccionados específicamente por no presentar vínculos con los carteles ni historial de corrupción.

 El coronel Hugo Martínez Poveda fue su comandante original.

El chopo del lado de afuera multiplicó la violencia.

Entre diciembre de 1992 y marzo de 1993, los ataques con coche bomba se registraron en Bogotá, Medellín y Barrancavermeja.

El 20 de enero de 1993, un coche bomba explotó en el norte de Bogotá.

 El 30, otro frente a la Cámara de Comercio.

En febrero, dos explosiones en zonas comerciales de la capital.

El 5 de marzo, las instalaciones de Telecom.

Para el 29 de marzo de 1993, 10 días después de la muerte del Chopo.

La cronología del cártel de Medellín, publicada por Wikipedia registra el estado real del ejército de Escobar.

De los 500 hombres con que el cartel contaba en julio de 1992, solo quedaban aproximadamente 130.

 En 8 meses, el 80% de la capacidad bélica de la organización más poderosa del narcotráfico colombiano había sido destruida.

100 sicarios abatidos, ocho jefes militares eliminados, siete lugartenientes capturados, 18 rendidos, incluyendo al propio Roberto Escobar, 19 sospechosos detenidos.

Uno de esos ocho jefes militares era el Chopo y su baja el 19 de marzo había precipitado exactamente ese colapso.

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 El bloque de búsqueda le pisa los talones.

Para febrero de 1993, el bloque de búsqueda había localizado a Mario Alberto Castaño Molina.

No lo sabía todavía con exactitud, pero lo había rodeado sin que él lo notara.

La lógica operativa del bloque en esos meses no era la del asalto frontal, era la de la cadena.

 capturar a un eslabón, interrogarlo en secreto, llegar al siguiente, esperar el momento.

Una paciencia táctica que el cartel, acostumbrado a responder con bombas no sabía cómo combatir.

El bloque ya venía acumulando victorias en ese periodo.

El 28 de octubre de 1992 había caído Tyson en el barrio Malibú.

El 27 de noviembre, Johnny Rivera Acosta, alias el Palomo, fue abatido junto a dos guardaespaldas en Itagüí.

 El 12 de enero de 1993 cayó Juan Carlos Ospina Álvarez, alias el Enchufe junto a Byron Arcila Valdés.

El 17 de enero, Víctor Giovanni Granada, la modelo o el sarco.

El 4 de febrero, el sicario Leo.

El 17 de febrero, Carlos Mario Alzate Urquijo, el Arete, se entregó a la justicia después de la muerte de dos de sus hombres más importantes a manos de los Pepes.

 El primero de marzo de 1993, 18 días antes del Chopo, cayó Hernandarío Enao, alias Hh en el barrio Laureles de Medellín, tras un tiroteo de varios minutos con policías y soldados del bloque.

Para el 19 de marzo, el Chopo era casi el último jefe de rango alto que le quedaba a Escobar.

HH había manejado las finanzas y las caletas de seguridad del patrón.

 Tyson había controlado el arsenal y los explosivos.

El arete había dirigido su propia banda de operaciones terroristas.

Todos habían caído en el lapso de menos de 5 meses.

Escobar, según declararon voceros del bloque de búsqueda citados por el tiempo el 20 de marzo de 1993, ahora está más aislado y solo que nunca, pero el chopo seguía y mientras siguiera la maquinaria no se detenía del todo.

 La operación que terminó con su muerte comenzó 28 días antes del 19 de marzo, según la crónica del tiempo del 9 de agosto de 1993.

Así cayó el Chopo, el jefe terrorista del cartel, cuando agentes del bloque detectaron a través de una red de informantes la ubicación de un hombre conocido como el señor H, uno de los colaboradores más cercanos a castaño.

 El trabajo del bloque en esos meses era de inteligencia pura, seguimiento de comunicaciones telefónicas, infiltración de redes de contacto, paciencia.

Y fue esa paciencia la que construyó la cadena de capturas que llevó hasta el piso 20.

El señor H tenía un hermano.

El hermano se llamaba Frank.

 Frank tenía a Alberto y Alberto era el hombre que le llevaba el almuerzo a el chopo todos los mediodías, el que sabía en qué edificio estaba y a qué hora debería estar viendo el noticiero.

El 19 de febrero de 1993, el bloque capturó a un hombre llamado Jorge, primer contacto de la red.

La captura se mantuvo en secreto durante 72 horas para no levantar sospechas dentro del cartel.

 Un protocolo que el bloque había perfeccionado en los meses anteriores después de comprobar que los filtros de información dentro del cartel seguían funcionando incluso con el ejército diezmado.

Jorge colaboró, llevó a Frank.

Frank habló en la esquina de la calle 51 con carrera 45 en el sector de la playa a las 11:30 de la mañana del 19 de febrero.

 30 minutos después de la captura de Frank, los agentes se movieron hacia la heladería Mimos.

donde Alberto comía un helado.

Frank se sentó frente a él.

¿Qué hubo, parce? Alberto habló.

Dijo que tenía que verse con el chopo a las 2:30 de la tarde para llevarle el almuerzo, que él debería estar viendo el noticiero.

Alberto dio dos ubicaciones.

 La casa de la carrera 54B número 58-69 en el centro de Medellín y el edificio Bangkokia en la calle 53 con carrera 49.

dos posibles refugios.

Los agentes del bloque se dividieron.

El grupo principal fue hacia Bangkokia.

Dentro del vehículo de inteligencia estacionado frente al edificio, los agentes empezaban a identificar a otro hombre, la picuda, encargado según las declaraciones espontáneas de los detenidos de la compra y transporte de explosivos para el cartel.

 Un nombre que el bloque anotó y comenzó a rastrear en paralelo, convirtiéndose semanas después en otra captura de la misma operación.

Y a todo esto, Juan Caka, capturado en el marco del mismo operativo, ya les había confirmado el piso 20, la traición que lo condenó.

Hay distintas versiones sobre cómo llegó Juan Carlos Londoño Sánchez, alias Juan Caca, a convertirse en el hombre que guió con una capucha en la cara a los agentes del cuerpo élite hasta la puerta del apartamento 2000.

 La más directa la ofrece el archivo de El tiempo del 20 de marzo de 1993.

Juan Caca era el segundo hombre en importancia del aparato militar del cartel después de el chopo.

Fue capturado en el marco de la misma operación que terminó con la muerte de Castaño y al ser interrogado lo delató rápido, sin resistencia aparente.

 Pero hay un detalle que complica esa narrativa lineal y que no aparece en los despachos de prensa de la época con suficiente claridad.

El mismo cuerpo élite que capturó a Juan Caca fue el que horas después retiraron los documentos de identificación de los cadáveres en el edificio Bangkokia antes de que la fiscalía pudiera realizar el levantamiento de rigor.

 La Unidad seccional de fiscalías elevó una protesta oficial, según consignó el tiempo en su archivo del 10 de diciembre de 1992 al cubrir un episodio anterior.

La irregularidad en el manejo de la escena del crimen alimentó versiones sobre la presencia de terceros interesados en la muerte de El Chopo, que nunca fueron completamente esclarecidas.

 Lo que sí está documentado es la cadena que llevó al bloque de búsqueda hasta el piso 20.

Alberto, capturado en la heladería Mimos, le dijo a los agentes que el Chopo estaría en el edificio Bangquia a las 2:30 de la tarde del 19 de marzo.

Juan Caca, ya capturado, confirmó la ubicación y ofreció guiar a los agentes hasta la puerta y llegó encapuchado.

Esta es la pregunta que queremos que nos respondan en los comentarios.

¿Creen ustedes que el Chopo fue traicionado por sus propios hombres o fue la lógica inevitable de una organización que funcionaba bajo el terror? Porque lo que estamos viendo aquí es exactamente eso.

El mismo sistema que el Chopo usó para mantener el control, miedo, amenazas, violencia sobre las familias, fue el sistema que al final no pudo protegerlo.

¿Le parece justo ese final? Déjennos saber.

Las últimas horas del Chopo.

El 19 de marzo de 1993 comenzó como cualquier otro día de clandestinidad para Mario Alberto Castaño Molina.

El apartamento 2000 del edificio banco en la calle 53 con carrera 49 no era una ratonera, era un lugar cuidadosamente seleccionado en el corazón del centro de Medellín, en un edificio comercial y residencial de alto tráfico donde nadie reparaba en los vecinos del piso 20.

Desde el balcón se veía el parque de Bolívar y la basílica metropolitana, una vista que cualquier Medellín mayor de 60 años reconoce al instante.

El apartamento tenía tres salas y dos habitaciones, los baños enchapados en mármol, las paredes blancas con cuadros religiosos, una acuarela de una mujer colgada sobre uno de los muebles de madera y en un rincón el coche de bebé y el caminador.

 ¿Quién era esa mujer? A quién pertenecía ese coche no quedó claro en los registros de prensa.

Castaño había modificado su apariencia.

Se había quitado el bigote que aparecía en las fotos distribuidas por la policía.

En su poder llevaba dos cédulas falsas, una a nombre de Uriel de Jesús y Guita Gaviria de la Estrella, y otra a nombre de Gilberto Antonio Jaramillo Cañas de Yalí.

 Dos identidades de municipios del área metropolitana nada llamativas.

el tipo de documento que cualquiera podría mostrar en un retén.

A las 11:30 de la mañana, los hombres del bloque de búsqueda se distribuyeron entre dos objetivos, la casa de la carrera 54B y el edificio Bangcoia.

La información que había dado Alberto apuntaba a los dos.

 El grupo principal se fue hacia Bangkoquia.

Un hombre encapuchado los acompañaba.

Era Juan Caca, el ascensor hasta el piso 20, el corredor, la puerta del apartamento 2000.

Cuatro agentes del cuerpo élite la abrieron en silencio.

El chopo no se percató.

Estaba tirado en la cama sin camisa cuando finalmente sintió la presencia.

 Agarró la pistola de 9 mm de la mesa de noche salió de la habitación disparando.

El proveedor completo.

Ningún disparo acertó.

Los agentes respondieron con sus fusiles.

En el piso de madera tallada del apartamento 2000 cayó el cuerpo del Chopo con 48 orificios de bala.

Tenía 40 años.

En su brazo un tatuaje en forma de águila que nadie había documentado antes.

 El tiempo publicó la noticia al día siguiente con este título en su archivo del 20 de marzo de 1993.

Muerto el Chopo, jefe militar del cartel.

La muerte del último gran sicario de Escobar.

La tarde del mismo 19 de marzo, 2 horas y 13 minutos después de la muerte del Chopo, un coche bomba con 300 kg de dinamita estalló en la calle 93 con carrera 15 en Bogotá.

Murieron nueve personas.

El gobierno colombiano, sin saber todavía lo que había ocurrido en el piso 20 del Bancoquia, [carraspeo] responsabilizó al cartel de Medellín.

La conexión era correcta.

El atentado había sido coordinado desde la misma red que el Chopo manejaba, posiblemente como respuesta anticipada a una operación que el propio cartel todavía no sabía que había concluido de esa manera.

 Pero esa bomba fue también el último gran acto de terror coordinado bajo la supervisión directa de Mario Alberto Castaño Molina, porque cuando el gobierno descifró la cronología de los hechos, comprendió lo que había ocurrido junto a El Chopo.

En el mismo operativo del 19 de marzo, el bloque de búsqueda capturó a Juan Carlos Londoño Sánchez, Juan Caca, quien después de guiar a los agentes quedó detenido, a Luis Fernando Acosta Mejía, alias Ñangas, y a Guillermo Gerardo Sos Navarro, alias Memo Bolis.

 También se halló una caleta con tres toneladas de dinamita.

Se capturó a 22 terroristas adicionales y se decomizaron 32 armas de fuego.

Juan Caca y Ñangas confesaron su participación en los atentados dinamiteros en Bogotá, Medellín y Barrancavermeja.

El mismo día en la morgue de Bello, al norte de Medellín, fue reconocido el cadáver de José Luis Ospina Álvarez, alias Pasquín, otro hombre de confianza de Escobar que llevaba un mes registrado como NN.

 En palabras de un oficial del bloque de búsqueda recogidas por el tiempo el 20 de marzo de 1993, Escobar ahora está más aislado y solo que nunca.

9 meses después, el 2 de diciembre de 1993, Pablo Escobar fue abatido por miembros del bloque de búsqueda sobre el tejado de una casa en el barrio Los Olivos de Medellín, en el momento en que intentaba comunicarse por teléfono con su familia.

Las conversaciones telefónicas que delataron su posición fueron rastreadas.

Alfonso León Puerta Muñoz, alias el Angelito, quien había heredado la posición de El Chopo como último jefe de seguridad del capo, fue abatido el 6 de octubre de 1993 junto a su hermano.

El cartel de Medellín dejó de existir como organización coordinada.

 Si llegaron hasta aquí y les pareció poderosa esta historia, eso es porque es verdad.

Todo lo que narramos aquí viene de los archivos del tiempo del 20 de marzo de 1993, de las declaraciones de Popelle en Noticias Caracol, del libro de Victoria eno, de los expedientes del bloque de búsqueda No hay adorno.

Así fue.

Y si quieren ver más historias como esta, con el mismo nivel de detalle, con las mismas fuentes, suscríbanse ahora, porque el próximo video podría ser sobre uno de los personajes que ya mencionamos hoy.

Sobre quién quieren que sea,

déjenlo en los comentarios.

¿Qué pasó con su familia, sus hombres y su legado? El cadáver de Mario Alberto Castaño Molina fue trasladado al anfiteatro municipal de Medellín.

Las autoridades tardaron horas en identificarlo porque las fotografías de archivo no coincidían.

El bigote había desaparecido.

 Fue identificado finalmente a través de las cédulas falsas que portaba y de la descripción física de los informantes.

40 años, 48 balas.

El impacto de su muerte fue inmediato.

El bloque de búsqueda lo consideró, según múltiples fuentes policiales de la época recogidas por el tiempo, como el origen de todos los golpes al cartel de Medellín.

 Miembros de la fuerza pública lo dijeron con esa misma literalidad.

No Pinina, no Tyson, no la Kika.

El Chopo.

De su familia directa.

Los registros públicos dicen poco.

Los cuerpos de bebé y los zapatos de mujer hallados en el apartamento 2000 apuntan a que tenía una vida personal activa que mantuvo completamente fuera del alcance de los archivos públicos.

 El tatuaje de águila en el brazo es el único detalle físico que quedó consignado en las crónicas de la policía, además del pantalón jein azul y los zapatos negros.

La oficina de Envigado, la estructura criminal que Castaño Molina ayudó a consolidar, sobrevivió.

Pasó por las manos de don Berna, luego por las de otros jefes, mutó, se adaptó.

 Hoy en 2024 los investigadores del Ministerio de Justicia y la Fiscalía Colombiana siguen rastreando estructuras en el valle de Aburrá que tienen sus raíces organizativas en ese periodo.

El legado operativo del Chopo no murió en el piso 20 del Bancoquia.

se redistribuyó.

Y eso responde la pregunta con la que arrancó este video.

 ¿Por qué un cartel de 2000 hombres se derrumbó tan rápido? No porque las autoridades fueran omnipotentes.

Se derrumbó porque Escobar destruyó sus propias alianzas.

Porque el Chopo robó una caleta que hizo que Galiano y Moncada se volvieran enemigos.

Porque esa traición generó a los Pepes.

Y porque los Pepes y el bloque de búsqueda operaron en paralelo contra la misma estructura.

 El cartel de Medellín fue destruido por sus propias contradicciones internas.

Juan Ca, el hombre que llegó encapuchado a guiar a los agentes hasta la puerta del Chopo, era el número dos del aparato militar, el hombre más fiel después del jefe, y lo entregó.

Miles de colombianos conocen el nombre de Pablo Escobar.

Muchos recuerdan a Popelle, pero pocos saben que durante los últimos meses del cartel de Medellín hubo un hombre que cargó sobre sus hombros la guerra de Escobar cuando todos los demás habían caído.

 Ese hombre fue el Chopo.

Si esta historia les llegó, si la reconocieron, si les revivió algo, si les recordó lo que Colombia vivió en esos años, déjenos su suscripción.

Es gratis y nos ayuda a seguir contando estas historias con el rigor que merecen.

Y cuéntennos sobre quién quieren que sea el próximo video.

Tyson, el angelito, don Berna, los Pepes completos.

Díganlo en los comentarios.

Ustedes eligen.

En una organización llena de asesinos, Pablo Escobar confió su última guerra a un hombre casi olvidado por la historia.

Y quizá por eso la historia del Chopo es también la historia de cómo terminó muriendo el cartel de Medellín.

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